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«La Batalla de los Bonds»
… solo podría proceder de la mayor y más lucrativa franquicia que ha dado el mundo del celuloide en su historia: la saga 007. Y es que hoy, después de visionar por decimoquinta vez Nunca digas nunca jamás (Never Say Never Again, 1983), ha venido a mi memoria aquel súbito impacto que en mi más tierna infancia, como si de una bala calibre 7,65 x 17 disparada por una Walther PPK se tratase, produjo en mí el comprobar como Sean Connery aparecía con canas y renovado peluquín en plenos años 80 protagonizando ¡otra vez! una película de James Bond.

No podía comprender en mi inocencia como ese mismo año Roger Moore había estrenado la fabulosa Octopussy, aunque la ausencia del clásico gunbarrel en la película de Connery, su infausta banda sonora completamente alejada del sonido Bond, y el reparto en el que toda la pléyade de históricos secundarios es sustituida por actores sin carisma, me hicieron sospechar que algo realmente siniestro subyacía, y que con los años lo conseguiría averiguar.

Y aunque pensé que mi condición de Agente Secreto del MI6 sería la que me llevaría a alcanzar toda la verdad, una vez agonizado mi sueño de la infancia por el implacable paso de los años, ha sido mi dedicación profesional menos prosaica al ámbito del derecho la que me ha permitido comprender (o al menos eso creo) el porqué de tan chocante experiencia infantil. Y ya tengo el veredicto: los dichosos derechos de autor. Aunque para ser más exactos, podríamos hablar de la propiedad intelectual como pretexto, y del dinero como fin último y desencadenante de la controversia. Pero no adelantemos acontecimientos. Paso a describir someramente los hechos:
Ian Fleming, mítico creador del personaje a través de 12 novelas y 9 relatos cortos del agente secreto, que después fueron llevados al cine de la mano de los productores Harry Saltzman y Albert Cubby Broccoli, fue demandado por sus colaboradores oficiales, Kevin McClory y Jack Whittingham, tras la publicación de Thunderball (Operación Trueno) en 1961, por la supuesta utilización de elementos de un guión fallido que los tres habían realizado años atrás. La justicia resolvió otorgando a los demandantes algunos derechos sobre la novela y una serie de elementos de ésta como Bloefeld y SPECTRA, villano más emblemático de la saga, y organización criminal que dirigía,  respectivamente. A su vez, los productores Broccoli y Saltzman acordaron con McClory que éste ejercería de productor ejecutivo de la película Operación Trueno (que a la postre se convertiría en la película más taquillera de la serie hasta la fecha), reservándose a McClory la posibilidad de producir su propia versión de la historia.
Y como consecuencia de estos derechos reconocidos sobre la novela, McClory impulsó este 007 bastardo con Never Say Never Again, en el que para intentar reafirmar la autenticidad de su 007, además de realizar una intensa campaña publicitaria hablando del retorno del auténtico Bond, contó con los servicios del primer actor que interpretó al misógino agente, Sean Connery, y por supuesto con todos los míticos personajes de la franquicia que le permitían sus derechos sobre la novela: Bloefeld, M, Q, Moneypenny, Largo…, aunque interpretados por otros actores con los que difícilmente se podía reconocer que estábamos ante una genuina película Bond. El nefasto casting (en el que, por si cupiera alguna duda, incluyo al traidor Connery, que parece el abuelo del vigoroso James de Agente 007 contra el Dr. No), sumado a la ausencia de los acordes del Bond theme de John Barry o Monty Norman, hicieron que toda esta batalla legal no aportara más que mucho dinero a sus vencedores, aunque fuera a costa de manchar la saga de por vida.
No contento con ello, y para seguir explotando la gallina de los huevos de oro criada por Fleming, Broccoli y compañía, pero esquilmada por muchos otros, el guionista, productor y director irlandés amenazó con llevar al cine un nuevo guión basado en la novela, Warhead 2000 A.D., supervisado por Connery que, a Dios gracias, se quedó en un proyecto.
Este ejemplo pone de manifiesto, por una parte, que los enemigos de Bond más peligrosos no son solo los comunistas y SPECTRA, y por otra, la problemática que plantean los derechos de autor, y el injusto reparto de los derechos patrimoniales que conlleva, permitiendo desiguales beneficios por las ilimitadas aristas que presentan las normativas, debido a su falta de concreción y adecuación a la realidad, que provocan a la postre que los esfuerzos creativos no tengan retribuciones proporcionadas (la filmografía de McClory demuestra a las claras la inmensa creatividad del genio). En definitiva, se echa en falta un poco de sentido común, para poder alcanzar soluciones más justas.
¿O es que es justo y de sentido común que una persona o empresa se forre gracias a la publicidad que inserta en un sitio web, en el cual se limita a proveer enlaces o alojar obras cuyos autores son otros, poniéndolas a disposición de todos, sin que los autores cobren ni un euro por ello?
Si es legal o no aún está en entredicho, si es justo o no creo que no admite discusión. Pero este es otro tema, no de 1961, sino de 2011. La casuística se renueva, pero el problema sigue siendo el mismo. Y es que en lo que respecta a la Propiedad Intelectual, 50 años no son nada.
James Bond,s Copyright Reports will return in:
“Monty Norman contra John Barry”

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